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Lo sano de tocar fondo

  • Dec 30, 2023
  • 1 min read

Updated: Aug 17, 2025



Hay momentos en la vida en los que de repente somos más conscientes de nuestra insignificancia. Como un relámpago que de repente ilumina el cielo nocturno, nos asalta la certeza de nuestra mediocridad. Los cimientos mismos sobre los que estaban construidas nuestras seguridades, el éxito profesional, las virtudes humanas, los vínculos interpersonales, que instantes atrás hubieran constituido pruebas irrefutables de nuestra valía, pasan a carecer de significado. Simplemente nos damos cuenta de que no somos tan exitosos, virtuosos, o queridos como nos gustaría. Nos encontramos vulnerables ante un mundo que nos exige espectacularidad y grandes proyectos, y al que solo podemos ofrecerle una multitud de dudas y, a lo mucho, un puñado de buenas intenciones. Esta sería una reflexión deprimente si terminara acá. Y terminaría acá si nos encontráramos sólos frente a la inmensa y compleja realidad. Afortunadamente, no lo estamos. Somos profundamente amados por un misterioso designio que, pese a nuestra radical indigencia, y contando precisamente con esa indigencia, es capaz de realizar grandes cosas en y por nosotros. Quizás si no nos supiéramos tan mediocres correríamos el riesgo de pensar que algo de lo bueno que en algún momento tengamos o hagamos es mérito nuestro y no generoso regalo del buen Dios, fuente y autor de la vida con su inmenso caudal de bondad y belleza.

 
 
 

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