Una gorra llena de flores
- Feb 3, 2025
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Updated: Aug 17, 2025

El olor a jazmín me transporta a una etapa muy lejana de mi vida. En las últimas semanas de clases salíamos del colegio con nuestras bicis, toda la tarde por delante, toda la vida por delante, y la calle nos recibía con su aire inundado del olor de las flores recién explotadas. Recuerdo que, cuando no tenía algún plan con mis amigos, me detenía en la esquina del colegio, llenaba mi gorra de flores, y volvía a casa pedaleando despacio, sin manos, entre canchero y despreocupado. Llegaba a casa, le daba un beso a mi madre y le entregaba la gorra llena de flores, que ella luego pondría en agua y distribuiría en frasquitos por toda la casa. Yo, con la satisfacción de la tarea cumplida, me preparaba un vaso gigante de Nesquik y me tiraba en el sillón a ver repeticiones de partidos viejos. Por estar en último año de colegio, salía media hora más temprano que mis hermanos, ventaja que aprovechaba para instalarme plácidamente en el sillón y elegir la programación. Si estaba nervioso por algo, era el partido del fin de semana siguiente, o por la fiesta de ese viernes a la que sabía que iría la chica que me gustaba en aquel momento. Mi viejo no llegaba hasta la hora de comer; siempre se quedaba hasta tarde en la oficina, recibiendo a alguien o charlando por teléfono con algún cliente. En aquel momento no lo sabía, pero las cosas por casa en esa época no andaban bien. Tiempo después supe que mi viejo había perdido a sus dos clientes más importantes, y había tenido que cerrar el estudio. Que, inicialmente, no había querido preocuparnos y por eso llegaba a casa a la misma hora que antes, para que no notáramos ninguna diferencia. Que para hacer tiempo había empezado a ir al bar a tomar algo, y que una cosa llevó a la otra, y empezó con problemas con el alcohol. Que, cada tarde, mi madre sabía perfectamente donde estaba pero, en su impotencia, no podía dejarnos solos e ir a buscarlo, a implorarle de rodillas que por favor volviera a casa, que entre los dos le encontrarían la vuelta. Nunca nos percatamos de nada raro todos esos días en los que mi viejo entraba derecho a su cuarto mientras nosotros cenábamos. “Está muy cansado, hoy tuvo mucho trabajo”, nos diría nuestra madre. Y con una sonrisa, le preguntaría a Juanchi cómo le fue en su prueba de matemática, para la que lo había ayudado a estudiar. Más de una vez la encontré llorando en silencio mientras lavaba los platos. Esos días, aunque no atinaba a darme cuenta de qué pasaba, le daba un abrazo más fuerte antes de irme a dormir.
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