top of page

El rey linyera

  • Feb 19, 2025
  • 5 min read

Updated: Aug 17, 2025

Los grupos de amigos de la infancia tienen como una especie de memoria colectiva que constituye su identidad, o al menos su punto de unión, el lugar común al que todos pueden volver y donde pueden encontrarse, sin importar si treinta años después de terminado el secundario uno se convirtió en un banquero de inversiones, otro ya recorrió los cinco continentes con la guita de la familia y un tercero se dedica con su mujer a buscar horas de clase extra porque lo que les pagan en los tres colegios donde dan clases de filosofía no les alcanza para pagar la universidad privada de sus hijos.

Esa memoria colectiva está hecha de vivencias, recuerdos, comparaciones sobre lo que costaba un elemento aleatorio en el almacén de la esquina que llevan a reflexionar sobre el agudo y sostenido proceso de depreciación monetaria –que, por otro lado, reviste interés práctico tanto para un banquero como para un ciudadano del mundo y un profesor de filosofía– y, también, de personajes. Personajes que de un modo u otro, constituyen parte elementos centrales de la fisonomía del paisaje de una etapa que quedó atrás, congelada en el tiempo.

Uno de esos personajes, cuyo recuerdo invocamos con mis compañeros de colegio en nuestras cada vez más esporádicas juntadas, es Chala, un morocho gigante y enigmático que daba vueltas por Recoleta con una inmensa valija de cuero y dormía arriba de un Ombú por la zona de Plaza Francia. En ese momento bisagra en el que el asado oscila entre terminar temprano o durar hasta cualquier hora, la mención de personajes como el Chala inclinan la balanza para este lado. Se descorcha otro vino. Juani, el profesor de filosofía; Guido, el banquero de inversiones; y Charly, el trotamundos, se abstraen por un rato del presente y vuelven a cuarto año de la secundaria.

Personajes que de un modo u otro, constituyen parte elementos centrales de la fisonomía del paisaje de una etapa que quedó atrás, congelada en el tiempo.
Personajes que de un modo u otro, constituyen parte elementos centrales de la fisonomía del paisaje de una etapa que quedó atrás, congelada en el tiempo.

Según la leyenda que circulaba desde las camadas más grandes del colegio a las más chicas, Chala era un miembro de la realeza de un remoto país africano. Alguna vez Ernestito Gandolfi, que era hijo del jefe de redacción de La Nación, había corroborado la historia con su papá, que le había mostrado diarios de los años en los que había llegado a la Argentina.

Su verdadero nombre era Julien T'Challa, y había huído de su país siendo muy joven, luego de un golpe de estado encabezado por uno de los generales de confianza de su padre, el rey. Para sellar el éxito del levantamiento, los insurgentes habían mandado a matar a toda la dinastía real, que incluía al rey, sus diecisiete hijos y tres nietos. Con apenas quince años, Julien era el único que había logrado escapar, con ayuda de un viejo sirviente de la familia, que lo había llevado escondido, enrollado en una alfombra, directamente hasta la embajada argentina, donde había pedido asilo político, y luego de idas y vueltas, tensiones y discusiones, terminó refugiado en Buenos Aires.

Recién llegado, el joven Julien fue recibido como una celebridad. Salió en la tapa de la revista Caras, lo llevaron a hablar a seminarios y congresos, y hasta se organizó una cena de recaudación de fondos para la causa, de la que participó la plana mayor de la dirigencia política y las principales personalidades de la farándula (a Julien se le hizo distinguir entre unos y otros). El presidente de la cámara de diputados incluso aprovechó la ocasión para presentar a su nueva novia, y ambos se sacaron una foto con el príncipe heredero, al que un consultor político de cabotaje había convencido de ataviarse con una túnica colorinche con la excusa de que dar una imagen exótica ayudaría a generar empatía con la causa.

Lo cierto es que la estrategia de marketing dio resultado y el evento cumplió su objetivo recaudatorio. Con los fondos obtenidos en el evento y la ayuda de algunos generosos donantes particulares, siempre asesorado por expertos en comunicación, Julien armó un “gobierno en el exilio” y se instaló en una casona en Belgrano. Desde ahí empezó a desplegar una intensa actividad oficial: Conferencias de prensa, partes diarios, gacetillas; reuniones de trabajo, acuerdos de cooperación; en fin, toda una parafernalia con aires gubernativos que sin embargo no producía ningún cambio fáctico en la situación de su país.

Pero superado el entusiasmo inicial, el público empezó a perder interés en el tema. En las primeras semanas, los diarios cubrieron la intensa agenda del Rey exiliado, dedicándole grandes imágenes de tapa, amplias entrevistas y extensas columnas de opinión. Pero con el correr de los días, el tema fue quedando relegado, y apenas si lograba ocupar un recuadro chiquito en la sección de internacionales, o hasta en la de cultura.

Y, al ritmo de la atención decreciente, los fondos también llegaron a su fin. Finalmente, luego de dos años de contrato y con varios meses adeudados, los propietarios de la casona de Belgrano pidieron el desalojo, y el pobre Julien se encontró solo y sin dinero en una Buenos Aires que ya no se acordaba de él.

En la época en que lo conocimos, Chala se dedicaba a vender bijouterie que fabricaba con alambres y piedritas y exponía prolijamente encima de una manta en la cuadra del cementerio de la Recoleta. Nosotros nos juntábamos en un kiosquito justo en frente, que nos vendía birra y puchos sin pedir documento. No me pregunten cómo, alguna vuelta terminamos charlando con él, y le convidamos cerveza helada y cigarrillos. Con su mirada triste, contestaba en voz baja pero en perfecto castellano las preguntas que le hacíamos.

Una sola vez lo vimos más verborrágico. Fue una vuelta que nos quedamos chupando hasta tarde, una Quilmes de litro atrás de la otra, recuerdo que hacía mucho calor. Chala cantaba y gritaba en francés. Al principio, nos pareció divertido, nunca lo habíamos visto tan animado –tampoco sabíamos que hablaba francés–; pero después de un rato dejamos de darle bola y volvimos a charlar sobre fútbol y minas, lo único que de verdad nos importaba en esa época. Al final, uno a uno, los chicos se fueron cada uno a su casa hasta que sólo quedamos Juani y yo, y el Chala, que seguía a los gritos. Me acuerdo que se acercó un policía, y tuvimos que hacer un esfuerzo –y comprar otra birra– para conseguir que se callara. Cuando se calmó le pregunté qué era lo que decía, y me lo repitió: “Une heure de vie digne vaut mieux qu'une vie ignominieuse, una hora de vida digna vale más que una vida ignominiosa. Era el lema del escudo de armas de mi padre”, me dijo.

Creo que después de esa noche nunca más lo volví a ver.

 
 
 

Comments


bottom of page