La prudencia, virtud política
- Feb 3, 2025
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Updated: Aug 17, 2025

Corren tiempos de mucha confusión (¿cuándo no?) en la conversación pública. Con la epidemia de canales de streaming, cuentas de redes sociales, podcasts, y qué sé yo cuántas cosas más, aumentó drásticamente el caudal de palabras vertidas inútilmente, en todos los campos del hacer (y el decir) humano. Y esto es especialmente válido para la política, donde la palabra tiene un papel fundamental, ya que nos permite encontrar espacios de sentido en común para discutir sobre lo que nos atañe a todos.
Por eso, en un tiempo en el que ya no sabemos con precisión qué significan los términos, quiero hablar del valor de la prudencia, una virtud hace mucho desterrada de la escena de la política, pero que es imprescindible que rescatemos si queremos que ésta sea algo más que la imposición de los fuertes sobre los débiles.
Siguiendo la tradición clásica, podemos definir a la prudencia como la virtud que transforma el conocimiento de la realidad en la práctica del bien. Como seres racionales, estamos llamados a conocer la realidad que nos rodea, entenderla en su generalidad y estructura, y a su vez profundizar en la particularidad y complejidad de sus situaciones. Y esa realidad nos exige una deliberación previa sobre el bien y la mejor manera de alcanzarlo.
Esto no implica confundir la prudencia con tibieza, o con la simple inacción. Por el contrario, la prudencia es una virtud directiva, que nos determina a actuar. De hecho, siguiendo a la tradición clásica, a ese pasaje a la acción de la prudencia se lo denomina imperio, una expresión que nos remite a cualquier cosa menos a la tibieza.
La política no es otra cosa que la discusión racional sobre lo que es y lo que debe ser, por lo que necesita imperiosamente de la práctica de esta virtud para mantener su esencia. En una sociedad en la que el eje se corre desde el conocer hacia el querer, la política perde su racionalidad, y se transforma en una lucha de voluntades para imponerse sobre el otro. Esa es quizás la mayor paradoja de la llamada batalla cultural: Que busca defender y reivindicar unos valores con una lógica contraria a la cosmovisión que funda esos mismos valores.
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